La barrica ayuda a oxigenar el vino, además de dotarle de textura -cuerpo- y aromas, suavizar la astringencia y tanicidad y aportar estabilidad. La más utilizada es la barrica bordelesa de 225 litros. Otros contenedores de madera para esta bebida -sobre todo para la fermentación- son las botas, que pueden tener hasta 1.500 litros, y los más grandes -tinos, fudres o cubas-, de entre 1.000 hasta 50.000 litros.
Los precios de las barricas varían mucho según su procedencia -la más cara, alrededor de 800 euros, es el francesa- y la durabilidad de cada una de ellas también. Es el enólogo de cada bodega quien decide qué barricas, cuántas veces usarlas y cuándo renovarlas, según las características que quieran otorgarle a cada vino. El objetivo general es que la madera no enmascare la fruta, ni la mineralidad -si la tiene- y sirva para ensamblar aromas y sabores del vino. De ahí que en la actualidad se tienda a rechazar la madera completamente nueva.
